Si he volado, sé si tú vuelas de verdad

La experiencia humana suele ser menos original de lo que creemos. Compartimos las mismas emociones, por tanto, los mismos miedos, aversiones y aferramientos. Somos humanamente vulnrables y poderosos. Quizá sea por eso que la empatía se nos da de forma tan natural, aunque también la podamos perder con cierta facilidad conforme las heridas de la vida nos van enseñando a protegernos. Esta capacidad de sentir lo que el otro siente, que es la empatía, viene de que nosotros podemos sentirlo, lo hemos sentido. Y por eso es que tiene sentido aquello de: "lo que te choca te checa", o "lo que ves en mí está en ti".

Pero, ¿qué pasa con aquello que "sabemos" sin haberlo experimentado? Pues ocurre por las artes de nuestras neuronas espejo que, como dice su descubridor, Giacomo Rizzolatti, "nos permiten entender la mente de los demás, no solo a través de un razonamiento conceptual sino mediante la simulación directa. Sintiendo, no pensando”. Es decir, que de alguna manera, tenemos el potencial para ello impreso en la psique, en la herencia genética. Finalmente, el propio Rizzolatti lo dice, estas neuronas espejos son los ladrillos de nuestra cultura. Interesante, ¿no? ¡La originalidad no es tan lo nuestro que digamos! Pero qué bueno. Porque eso nos permite comprendernos, conectarnos, ser empáticos y hasta compasivos, y generar vínculos significativos en la vida. De ser demasiado originales, habría mucha más incomprensión e indiferencia ante el dolor y las necesidades el otro. Así que, si alguna vez ves a una mariposa volar y crees sentir lo que ella siente mientras vuela, ¡no lo dudes! Seguramente has sido mariposa, o has volado, o tienes el potencial para hacerlo.



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